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La Creación, según la mitología japonesa

25 enero, 2011

Todas las culturas tienen sus propios relatos acerca de la Creación del mundo, pero entre infinidad de leyendas las únicas que nos resultan familiares a la mayoría de los occidentales son las procedentes de nuestro ámbito más cercano: el Génesis, las primeras generaciones del panteón griego y las cosmologías egipcias, como la Enéada de Heliópolis o la Ogdóada de Hermópolis. Aunque nuestra mentalidad se está abriendo mucho y ahora somos muchísimo más receptivos hacia otras culturas que antes, lo cierto es que seguimos siendo unos perfectos desconocidos en algunos ámbitos. De hecho, hasta que no se me ha ocurrido este tema no tenía ninguna idea sobre cómo era el mito de la Creación de los japoneses, y me ha llamado mucho la atención conocer algunas cosas. Por eso, resumiéndolo bastante, lo cuento aquí.

Eso sí, antes de empezar debo hacer hincapié en un hecho que no todo el mundo conoce. En Japón existe un fuerte sincretismo religioso (esto es, en pocas palabras, relacionar los elementos de una religión con los de otra, haciendo curiosas mezclas), que ha hecho que la religión mayoritaria, el buddhismo, se encuentre teñida de las creencias más tradicionales de las islas. Precisamente de estas creencias, denominadas shintoístas, provienen la mayor parte de los mitos y leyendas japonesas. La llegada del buddhismo y de otras religiones fue tan suave en Japón que su animismo primitivo, del que deriva el shintoísmo, ha permanecido muy vivo y ha incorporado sus elementos a otras religiones y a infinidad de aspectos de la cultura popular y el día a día en una sociedad tan avanzada como es la nipona. Sólo así se puede explicar la inmensa cantidad de dioses que son nombrados en los mitos de la Creación japonesa, y que éstos sigan siendo reverenciados aun hoy en día con orgullo.

Según los relatos, toda la Creación proviene de la pareja divina formada por el dios Izanagi y la diosa Izanami (si bien éstos eran a su vez descendientes en séptima generación de otros dioses primordiales). De uno de ellos o de la unión de ambos ha nacido todo lo que podemos sentir e incluso aquello que permanece oculto a nuestra percepción. Para facilitar la lectura un poco, no incluiré todos los nombres que he podido encontrar de los hijos e hijas de Izanagi e Izanami (no exagero si digo que son decenas y decenas), sino tan sólo los más importantes, y tratando de respetar el orden en los nacimientos… Ahí va, entonces:

Izanagi e Izanami

  • Los primeros descendientes de la pareja primordial no fueron dioses, sino las propias islas japonesas. Izanami parió, consecutivamente, ocho islas que son englobadas genéricamente como País de las Ocho Grandes Islas, uno de los nombres primitivos de Japón. Posteriormente, los dioses tuvieron otras seis islas, pero curiosamente ninguna de ellas incluye las islas Ryukyu ni Hokkaido (una de las cuatro islas mayores de Japón), ya que no habían sido descubiertas cuando se compusieron estos relatos.
  • Los siguientes hijos de Izanagi e Izanami fueron los dioses de los árboles, bosques, vientos, praderas, ríos y montañas, que a su vez se unieron entre ellos dando lugar a una infinidad de deidades. Sin embargo, este feroz ritmo procreador se detuvo de improviso cuando Izanami tuvo el parto más difícil y doloroso de los jamás habidos, que eventualmente le costó la vida: el responsable de ello fue Kagutsuchi, el dios del fuego, que quemó los genitales de su madre al nacer y le provocó heridas mortales. Eso sí, antes de morir, Izanami exhaló todo tipo de humores de los que nacieron otros muchos dioses.
  • Al presenciar la muerte de su amada, Izanagi derramó un torrente de lágrimas del que nació Nakisawame, diosa de los pozos y de las aguas puras. Pero la tristeza de Izanagi no tardó mucho en convertirse en furia, atacando a Kagutsuchi con su espada y asesinándolo. La masacre causada por Izanagi dio lugar a dieciséis dioses más, ocho nacidos de la sangre derramada y los otro ocho originados en las partes desmembradas de Kagutsuchi.
  • Acosado por la pena y la añoranza, Izanagi viaja al país de Yomi (el inframundo) a traer de vuelta a Izanami, de una forma similar a como los griegos presentan el hermoso mito de Orfeo y Eurídice. Al llegar, Izanami le solicita a su esposo que espere a que consulte su petición a los dioses de Yomi, pero le conmina a que no la mire de ninguna forma. Izanagi espera a Izanami con paciencia durante un largo tiempo, hasta que se cansa y decide entrar en su busca, iluminándose al prender fuego a una de sus peinetas. De esta manera, desobedece las palabras de Izanami y acaba viéndola… muy a su pesar. Izanami ahora es un cadáver putrefacto y lleno de gusanos, de cuyos pedazos han llegado a nacer los ocho dioses del trueno.
  • Izanagi queda completamente horrorizado al ver así a su esposa, y sale corriendo. Es entonces cuando Izanami, avergonzada por su apariencia y por el comportamiento de su marido, monta en cólera y manda perseguirlo. Tras Izanagi envía sucesivamente a las terribles Yomotsushikome, a los dioses del trueno y a los guerreros de Yomi. Izanagi les despista a todos lanzándoles objetos personales que se transforman en frutas, por lo que finalmente Izanami en persona fue tras él, llegando a alcanzarle. Izanagi levantó una gigantesca roca entre él e Izanami, quedando ambos definitivamente separados. En su última mirada, Izanami le amenazó diciéndole que si se comportaba de esa forma, cada día haría morir a mil personas en la tierra; a lo que Izanagi le contestó que, como contrapartida, él haría nacer cada día a mil quinientas. Y así fue como se separaron los dioses creadores, permaneciendo Izanami en el país de Yomi y convertida en la diosa de ultratumba.
  • De vuelta al mundo de la superficie, Izanagi se purifica mediante un baño ceremonial a orillas del arroyo Ahakihara. Al desprenderse de sus ropas y sus accesorios, de cada uno de ellos nace un dios (hasta un total de doce), protectores de ciudadanos, caminos y poblaciones. Finalmente, en el agua sagrada Izanagi se desprende de las impurezas y las maldiciones, en un proceso en el que surgen otras once divinidades más, dedicadas a distintos aspectos del agua y la pesca.
  • En el último proceso de purificación, Izanagi se lava los ojos y la nariz, naciendo entonces los tres dioses más importantes del panteón japonés, y de los que ya hablaré en otra ocasión. Como ocurre en otras mitologías, con el nacimiento de estos tres dioses se produce un salto entre las deidades primordiales y los ancestros de la realeza, que legitiman la figura de los emperadores y los conectan directamente con los seres inmortales. Del ojo derecho nació la diosa solar Amaterasu, del izquierdo el dios lunar Tsukuyomi y de la nariz el dios del mar y las tormentas Susanoo.
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